Después de Grande-Terre y Basse-Terre en Guadalupe, llegamos a la tercera etapa de mi viaje a las Antillas Francesas visitando Marie-Galante, una maravillosa isla donde pude descubrir el lado más tradicional, rural y auténtico del Caribe Francés.

MARIE-GALANTE

Desde Saint-François me dirigí al puerto de Pointe-à-Pitre donde tomé un ferry dirección a Marie-Galante. Ésta se encuentra a unos 30 kilómetros al sureste de Guadalupe y tiene aproximadamente unos 15 kilómetros de diámetro. Los antillanos la apodan cariñosamente "La galette" (la tarta), por su superficie llana y su forma circular.

 

 

Al embarcar me llamó la atención que solo había 3 o 4 europeos entre los pasajeros, teniendo en cuenta que en Guadalupe hay una minoría importante de franceses continentales. Mis compañeros de viaje eran en su mayoría personas de raza negra, en cuyos rasgos apenas podía verse rastro de mestizaje. Algunas mujeres vestían turbantes y trajes con reminiscencias africanas, y a menudo cargaban grandes y aparatosas bolsas de la compra. Aparentemente los isleños viajaban a Guadalupe a hacer las compras importantes, pues en Marie-Galante no hay grandes supermercados. Sin duda sentí que al cambiar de isla también estaba emprendiendo un viaje en el tiempo, y me adentraba en lo más profundo de las Antillas.


Después de un agradable viaje, en el que fuimos escoltados por un banco de peces voladores, el ferry paró en el puerto de Saint-Louis, un pueblo noroeste de la isla. Alli nos bajamos unos pocos viajeros, y el resto prosiguió hasta la segunda y la ultima parada, Grand-Bourg.


La gente que bajó conmigo fue desapareciendo del puerto, hasta que miré a mi alrededor y me hallé totalmente sola en un pueblo fantasma (la isla normalmente no está muy frecuentada, pero visitarla en temporada baja no ayudó nada). Allí, frente al puerto, me senté a esperar a la dueña de un alojamiento turístico. Ella también había quedado en ir a buscarme para enseñarme sus instalaciones, pues como supondréis en esta isla los servicios de transporte son inexistentes.

Pero la mujer no llegaba. Con el paso de los minutos dudé si le había dado la fecha y hora de llegada correctos. Verifiqué. Todo estaba bien. Volví a verificar. Todo seguía estando bien. "Se habrá retrasado", pensé.


Después empecé a dudar si la mujer se habría retrasado o si directamente se habría olvidado de mí (piensa mal y acertarás). Traté de llamarla a su móvil sin obtener respuesta,  con la gran "fortuna" de que mi teléfono tenía problemas y la batería se gastaba en cuestión de minutos. Tenía poco tiempo para buscar una solución. Me dió la risa nerviosa pensando cómo haría en una isla cuasi-desierta yo sola sin transporte, ni teléfono... ni gente. Sí, estaba en un pueblo, pero insisto, todo el mundo parecía haberse esfumado. Ni-un-alma. Silencio total. Por un rato me sentí Robinson Crusoe.

  La espera: Empezando a sospechar que iba para largo

Confirmando las sospechas: ·"Me estoy cansando de esperar..."

 
"¡Tomémonos las cosas con humor!"

 "No, en serio, ya basta..."


Conseguí llamar al teléfono del alojamiento y me respondió una empleada, que me dijo que su jefa ya se había ido a su casa, y no había comentado nada de ir a recoger a nadie. Prometió que trataría de contactarla. Le dije que me estaba quedando sin batería y que por tanto no podía hacer otra cosa más que esperar allí hasta que alguien viniera. Después de algo más de una hora en la más absoluta soledad e incertidumbre, por fín la mujer apareció.

 

Su alojamiento se situaba al lado del Moulin de Ménard, uno de los tantos molinos que existen en la isla. Durante la época colonial Marie-Galante albergó una de las más grandes industrias de azúcar y ron del Caribe, y se contruyeron decenas de molinos para trabajar la caña. De ahí que también se la conozca como "La isla de los 100 molinos".

Tras visitar su negocio, un complejo de bungalows de estilo colonial, me cité con Kathy, comercial de una empresa turística de Marie-Galante. Ella me enseñó varios bungalows más y muy amablemente se ofreció para enseñarme su isla. Me enamoré de sus campos de caña, sus molinos, sus bueyes, sus playas de ensueño, su naturaleza salvaje, pero sobretodo de esa sensación de que allí el tiempo no había pasado a la misma velocidad.





 

 


Grand-Bourg es uno de los tres municipios de Marie-Galante y la capital administrativa de la isla. Lo que significa que el pueblo es un poco más grande y se percibe un poco más de civilización (un poco, no os emocionéis). Allí se encuentra el puerto principal, el mercado, algunas tiendas, bares y un pequeño helipuerto.


Tras dar una vuelta por el pueblo, Kathy tomó la carretera dirección Capesterre, donde yo pasaría la noche. Allí se encuentra el único establecimiento de la isla que se acerca al concepto de hotel. Éste está a tan solo unos pasos de una de las playas más bonitas de la isla: Plage de la Feuillère.

Tras dejar mi equipaje, me dirigí a la playa siguiendo la música que se oía desde allá. Al llegar encontré un escenario perfecto, que me regaló uno de los momentos más mágicos del viaje, y me atrevo a decir, de mi vida.

El mar. Una preciosa puesta de sol. Unos músicos locales. Una familia belga. Yo. Nada más. Nadie más.


La familia belga no tardó en marcharse, pero yo no quería moverme de allí. Me senté en la arena a ver pasar el tiempo. Y entonces, como la guinda de un pastel, aparecieron las luciérnagas. Me sentí privilegiada de vivir ese momento, de poder estar un lugar tan remoto y hermoso. Estaba lejos de todo lo que conocía, pero paradógicamente me sentí la dueña del mundo.

Podía haberme ido a dormir como la feliz del mundo en aquel momento, pero la jornada no había acabado. Había quedado con un prestatario de mi compañía para la cena. Me llevó a un restaurante cercano llamado "La Playa". El aspecto exterior y el nombre no prometían mucho, pues se asemejaba demasiado al típico restaurante playero para turistas (de esos que cobran mucho pero que no saben ni cocinar). Pero qué equivocada estaba.

Nos recibió un servicio impecable y una carta muy apetitosa, que mezclaba la cocina tradicional criolla con la sofisticada cuisine française. Pero antes que nada y como ya sabeís amigos, en las Antillas Francesas toca el Ti Punch de rigor.


Ya me estaba acostumbrando al Ron de Guadalupe cuando me topé sin previo aviso con los 59º del ron marigalantés... Mis ojos no dában crédito (y mi esófago tampoco), algo que le pareció muy divertido a mi acompañante local.

Después llegó la comida. Yo pedí una triología de pescados, que venían acompañados de arroz al curry, gratin de batata y sauce chien (una salsa similar al chimichurri). Sin dudar puedo decir que ha sido uno de los platos más exquisitos que he comido.


Tras los platos principales nos ofrecieron un "digestivo" para bajar la cena. Al aceptar no esperaba volverme a encontrar con el ron de 59º, pero así fue...Como os podreís imaginar, a la vuelta al hotel no caminaba muy derecho.

A la mañana siguiente me desperté temprano, lo suficiente para ver un precioso amanecer. 


Qué bueno fue que me despertara temprano, pues tenía una agenda muy apretada que consistiría en no dar palo al agua :D Así que tras el desayuno volví a la playa de la Feuillère, esta vez para tomar el sol. Y como venía siendo habitual durante el viaje, tenía la playa para mi sola...

Playa de la Feuillère. Al fondo, la isla de la Dominica

Bueno, la verdad es que la pisicina también la tenía para mi sola...

 

Lo cierto es que hasta el pueblo lo tenía para mí sola.




 

Bueno, vale, no os voy a engañar. Avisté a un par de personas en la plaza del pueblo.

 
 ¿Los veis?

Por curiosidad quise preguntar en el hotel cuantos habitantes tenía la isla. Me contestaron que 10 000. Desde entonces la gran incógnita que me ha torturado ha sido averiguar donde se meten. Pensé que una vista aérea de la isla ayudaría, pero la verdad es que sigo teniendo mis dudas...

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 Créditos: Parachutisme-iles.blogspot.com

Pero eso sí, qué bonita es, también desde el aire...



 
  
Pero lo bueno dura poco. Tras una mañana de relax total y otra suculenta comida criolla, uno de los pocos taxis que operan en la isla me fue a recoger para llevarme de vuelta a Guadalupe. Y solo puedo decir una cosa: ojalá, esta vez sí, se hubieran olvidado de mí...

 A dan on dot soley!